domingo, 17 de diciembre de 2017

Venezuela en una greguería



 Ramón Gomez de la Seran. Retrato triple de Luisa Sofovich

Las nubes, que estaban disperas, comienzan lentamente a juntarse sobre Terepaima. La claridad impera todavía en la sala. Sobre la mesa un libro. Dejo en ciernes la composición de lugar y lo abro. En una entrada del Diario póstumo, Gómez de la Serna se lamenta de que no le han pagado sus colaboraciones y de que corre el riesgo de estar sin dinero para la Nochebuena que se acerca. Informa que el director de El Mundo prometió subirle las greguerías a 120, pero se queja igual, porque “tiene que andar cazando greguerías día y noche, ¡con lo mucho que se ocultan!”.

Seguidamente nos enteramos de que logró pasar la Navidad gracias a un adelanto que pidió y concluye el comentario con estas líneas que nos atañen:
                                  
“Todos, inclusive Venezuela, tuvieron la avilantez de no pagar”.

Eran greguerías de los años 50. ¡Ah mundo!, digo yo. Hoy en día nadie se asombra de que no paguemos. Ojalá podamos podamos hacer lo que Gómez de la Serna le decía a Luisita:

“Flota como yo… Tenemos que pasar por la calle iluminada, y con gente, pero flotantes”.                             

Tratemos.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Elogio de la sencillez



Azorín

Seis de la mañana y un libro. Lo había buscado hace unos días para incluir alguna de sus páginas en un taller que preparo sobre periodismo y literatura. Hoy se me ocurrió abrirlo, pero no para hacer la tarea que digo, sino para dejarme llevar por cualquiera de sus crónicas. Como se sabe, vagabundear por un libro es uno de los más grandes placeres del homo legens y, a uno, que aspira serlo, le da a veces por callejear. Y aunque se trate de libros ya leídos –es el caso-, con frecuencia encontramos en ellos algo que nos parece nuevo o renovado. Los lectores, que somos los mismos, sentimos que las páginas cambian siempre, “como la salsa”, para decirlo con el viejo refrán gastronómico de los sicilianos.

Hace un momento me ocurrió con una crónica sobre el tema electoral. Para no suscitar dudas, adelanto lo que iba a decir unas líneas más adelante: estoy leyendo Parlamentarismo español, de Azorín, que reúne textos correspondientes a los años 1904-1906 y algunos a las Cortes liberales de 1916. Bien. En una crónica del 20 de octubre de 1905, titulada La amena discusión, descubrí el estilo casi impasible del diputado García Alonso. Azorín lo aprovecha para ofrecernos una sobria lección de estilo y una semblanza del personaje basada más en los detalles de forma que en los contenidos oratorios.

La discusión se daba acerca del registro electoral de la provincia de Valladolid, que según el señor Martín Sánchez no era un registro legal y que, por eso, debía provocar la indignación de todos los diputados. Aducía que ese registro era del año anterior y que eso tenía mayor gravedad que el problema de “las actas de Badajoz”, al que se le había dedicado un largo y ruidoso debate. Al parecer, el único indignado por lo de Valladolid era el propio orador, cuyas palabras subieron de tono para caer finalmente en una “profunda desesperanza”. Justo después apareció el señor García Alonso. En los breves párrafos que le dedicó Azorín se complace mi relectura de hoy. El primero es algo más que un mínimo perfil del diputado. Es también una discreta emoción del estilista expresada en las dos palabras finales:

Y el señor García Alonso, nuestro buen amigo, ha contestado con breves y sencillas palabras al señor Martín Sánchez. El señor García Alonso no tiene entusiamo ni por una cosa ni por otra; su discurso, por su placidez y por su uniformidad, es el de un hombre que lo mismo dice esto que podría decir otra cosa cualquiera. Lo aplaudimos.

De inmediato Azorín incluye una cita del discurso, cuya transcripción hago a riesgo, aquí y ahora, de asociaciones peregrinas:

El señor Martín Sánchez se queja de que en Valladolid se ha empleado un censo del año anterior. Está bien; no lo niego. Pero ese censo, que ha parecido nulo después de las elecciones, a los candidatos derotados, ¿por qué ha sido aceptado antes por éstos, en vez de recusarlo?.

Para Azorín el argumento “no tiene vuelta de hoja” y “no es preciso añadir más”. Por eso, retorna a la descripción del discurso y a la frase que le puso fin. A la primera, para decir apenas que García Alonso habló “fríamente y con parquedad”. A la segunda, para solazarse con la expresión “Y quedamos en que todo esto puede ser mucho y puede no ser nada”. Azorín la encuentra digna de Montaigne. Dice que el maestro habría sonreído. Creo que Azorín sonrió por él.

La crónica termina refiriendo unos contrastes. Se lamenta el de Monóvar, que otro amigo suyo, el diputado Junoy, no tome ejemplo de García Alonso y persista en arrebatos y furores oratorios, como le ocurrió en la sesión de ayer, cuando gritó y gesticuló con vehemencia, a propósito de las actas electorales de Jerez. Pero más que el señor Junoy, a Azorín parece irritarle el diputado Morote, quien “no acaba de seguir esta preciosa y muy concisa máxima: Simplicidad”. Y Azorín no sólo encuentra que carece de ella en sus discursos y en sus gestos (“colgar los pulgares –horror de horrores- en las aberturas del chaleco”), sino también en su indumentaria. Difícil no recordar que llevaba “una corbata roja, llameante, un chaqué o una americana excesivamente entallada y un gabán con una arquería románica en la espalda”.

No estaba yo para cumplir tareas con esta relectura, pero he aquí que ya el texto para mi taller quedó elegido. Y que sirva esta glosa, además, como recuerdo de que este año, el pasado 2 de marzo, se cumplieron cincuenta años de la muerte de José Martínez Ruiz, maestro del decir breve, y de su gracia.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Milena Cadenas



Milena Cadenas, con Cuchi. Barqusimeto, 13 de septiembre de 2015

03-12-17
: Seis de la mañana. Nubes sobre el valle. Abro Memorial, de Rafael Cadenas, y leo la dedicatoria: “A Milena”. Paso las páginas y encuentro:

para ti el centro del fruto, lo irreductible,

para ti lo que el miedo no puede rozar,

para ti cuanto escapa a las venas del tiempo
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Recuerdo que en una de las magníficas conversaciones que tuvo con el poeta, María Ramírez Ribes comenzó describiendo la casa y decir  “casa” era decir Milena:

Rafael Cadenas vive en La Boyera, en un apartamento pequeño, que desborda de objetos también diminutos. La escenografía es obra de Milena (…)



La presencia enriquecedora de Milena está en todos los detalles: matas cuidadas con esmero, cafeteras de peltre pintadas a mano con colores vivos; cerámicas y dibujos que siempre tienen como tema al hombre y su ambiente. Los muebles de ratán, sumamente sencillos, infunden calidez al ambiente. Altas pirámides de libros están recogidas en pequeños estantes de madera natural y una mesita y una máquina de escribir se mezclan con helechos, ficus, palmeras; todo un jardín tropical. Además de tomates, cilantro, mostaza, yerbabuena cultivadas en macetas”.
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¡Qué tristeza! Ayer murió la jardinera…

Tú y ella llevando una antigüedad repentina,/ tú y ella de vuelta al lugar que los aúna,/ suplican al tiempo que no entre donde viven.

Ahí, en Epitalamio, poema de Sobre abierto, me detengo. Sé que ella lo mira, lo está mirando en la página siguiente.

Esos ojos, como los manuscritos, iluminan su vida.  

lunes, 30 de octubre de 2017

Alción




Es mérito de los griegos y de Ovidio. El mito narra la historia de una metamorfosis. Alcíone, hija de Eolo, fue transformada por Zeus en pájaro (Martín pescador).



Ovidio, a su vez, convirtió ese mito en una hermosa fábula. Son varias las versiones, pero en todas encontramos a un alción con tiempo y paz para incubar sus huevos. Lo hace en nidos que flotan sobre el agua, en medio de olas calmadas, durante siete días antes, y siete días después del solsticio de invierno.



El texto de Ovidio termina así: Eolo guarda los vientos y les impide salir, y serena el mar para sus nietos.




Por más que arrecie la tormenta, siempre habrá un momento (y un recodo) para Alción. 

viernes, 20 de octubre de 2017

Perogrulleces





José María Valverde

El poeta va a hablar de su relación personal con la filosofía. Como lo hará ante un auditorio académico, toma notas para no improvisar (es un decir). Por cierto, él se siente a gusto con la palabra suelta, sin escritura previa, porque lo que le gusta es hablar sin más. Pero esta vez, prepara un texto en el que va a procurar un tono que no se aleje mucho de la buena tertulia de café. Mejor dicho: que no se aleje nada.

Antes de entrar en materia, hará un preámbulo, dedicado, precisamente, a decir lo anterior y a recordar el nombre de su amigo Aranguren.  Después, vendrá un momento crucial en su  trato con la filosofía: la lectura de Wilhelm von Humboldt. En las páginas del hermano de Alejandro se va a inicar lo que más tarde llamará “su conciencia lingüística”. No en balde, su tesis doctoral tendrá como tema esos asuntos del lenguaje.

Ahora el poeta (y filósofo) está en el trance de anotar qué cosa es eso de “conciencia lingüística”. Casi que pedirá disculpas por lo elemental de sus palabras, pero no lo hará. No le importa expresar con "un planteamiento escolar”, -en pocas palabras y con más deleite que provocación- todo lo que quiere. Así, se complace en tomar esta nota:

Pensamos sólo mediante el lenguaje… Hay profundas razones para que la mayoría de los filósofos profesionales sean quienes más se resistan a asumir esa perogrullez de que pensar no es sino hablar. Incluso algunos alumnos míos en la Facultad de Filosofía de Barcelona me han puesto a veces muy mala cara cuando les he enunciado esta sencilla vulgaridad: en tales casos, yo siempre les he dicho que si alguien de los presentes tenía algún pensamiento sin lenguaje, “que lo dijera”.
  
El poeta se ríe solo, porque al escribir “perogrullez” recordó los versos pareados que un día le dedicó a un gran filósofo contemporáneo, cuya conciencia lingüística también partió de una ruta humboldtiana. No pondrá esos versos en su charla, pero ahora, por puro goce, se los dice en voz alta:

Cascando las palabras como nueces

alumbra don Martín perogrulleces
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No es que se ponga serio, pero en este momento, el poeta José María Valverde va a citar a Kant para seguir llevando agua a su molino de palabras.

La ligera paloma kantiana que se imagina volar mucho mejor en un espacio donde el aire no la limite, terminará dándose cuenta de que el aire es imprescindible para su vuelo. Ese aire es el lenguaje.
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(El texto de José María Valverde al que se alude –y se cita- acá fue preparado para las Terceras Conferencias Aranguren de Filosofía, impartidas en la Residencia de Estudiantes, en Madrid los días 7, 8 y 9 de marzo de 1994. Fue publicado en la revista Isegoría, Nro. 11. 1995)