miércoles, 2 de agosto de 2017

Lezama Lima y dos venezolanos de la "decadencia"



José Rafael Pocaterra

Lugar: aula del segundo grado del Colegio San Francisco de Paula, en la calle Concordia de La Habana. El maestro habla de Colón y de sus carabelas. A un niño le causa gracia el suave canto de esa voz. Le han dicho que el maestro tiene 22 años y que es venezolano. El niño hace un dibujo en su cuaderno, pinta de violeta el mar, y se imagina el país de donde ha llegado su maestro. Es el primero de octubre de 1921.
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Al salir del colegio, el niño -como de costumbre- lleva una tiza. Durante la alegre ruta hacia su casa, raya las paredes. Se detiene frente a un portón. Dibuja en él un barquito y escribe debajo: “Santa María”, como dijo el maestro cuando habló de la carabela grande de Colón.

En su casa refiere el nombre del país de donde proviene su maestro. “Venezuela. Eso quedará allá, en Jacksonville”, le responden, como si aludiesen a la Atlántida o a una comarca muy distante.
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El joven maestro lleva apenas unos meses en Cuba. Es venezolano, en efecto. Nació en San Antonio del Táchira y llegó a La Habana, huyéndole a la feroz dictadura de Juan Vicente Gómez. Primo suyo, por cierto. En la isla fundó una revista y publica artículos de prensa que alcanzan ya difusión continental y han despertado la admiración del propio Vargas Vila. Con su pluma combate la tiranía de su país. Para sobrevivir en Cuba, trabaja como maestro en el prestigioso colegio habanero de varones que dirige el profesor Pablo Mimó. Son los tiempos de la presidencia de Zayas.

Su nombre es Francisco Laguado Jayme. Por varios años seguirá su prédica antigomecista. Se vinculará a Julio Antonio Mella, así como a compatriotas suyos que llegan a Cuba buscando apoyo contra Gómez. En 1929 será asesinado por el terrorífico gobierno de Machado, a instancias del dictador de Venezuela, al tanto de todo, por los muchos y eficientes agentes que tenía en el Caribe y Centroamérica. Uno de esos espías será el encargado de propiciar la captura del maestro. Tras salvajes torturas, Laguado Jayme fue metido en un saco y lanzado al mar, en la boca del Morro.
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El niño se llama José María Andrés Fernando y es hijo del Coronel José María Lezama y Rodda y de Rosa María Lima y Rosado. Se le conocerá años después como José Lezama Lima.
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José Rafael Pocaterra, en uno de los apéndices a sus Memorias de un venezolano de la decadencia, incluye un valioso testimonio acerca del juicio que, una vez caído el machadato, se siguió en Cuba a los asesinos de Laguado Jayme. El Tribunal condenó a muerte a los ejecutores del crimen y solicitó del gobierno dominicano la extradición del exdictador Machado, por determinar que éste dio la orden del asesinato. Uno de los testigos en el juicio fue el venezolano Luis Alfredo López Méndez, quien aseguró haber visto a Laguado Jayme en la sede de la Policía Secreta de La Habana, pelando una naranja.
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Fue el mismo Pocaterra quien propulsó, con la ayuda de la prensa cubana, el juicio para esclarecer el asesinato del maestro de segundo grado de José Lezama Lima.

Sin duda, una historia de escritores dignos.

P.S1: El libro de Pocaterra (Memorias de un venezolano de la decadencia) es mucho más que un testimonio. Combina el archivo con el relato. Y dentro de su relato, cunde la novela o “lo novelesco”, para decirlo con Barthes. No hay ceniza en sus recuerdos (definir es “cenizar” decía el alumno de Laguado Jayme). Hay fuego.

P.S2: López Méndez, el testigo que vio a Laguado en la Secreta "pelando una naranja", es el pintor, quien vivió en La Habana varios años. Admiraba a Pocaterra. En esa época le hacía ilusión ilustrar los cuentos del valenciano, que tanto le gustaban. Tenían un amigo cubano en común: Jorge Mañach.

lunes, 31 de julio de 2017

Dolor

María Zambrano

Hoy es julio todavía. De la comarca de fantasmas sale una voz que me lleva al año 37. Está en una página de Juan Gil-Albert y habla de “un castellano de nombre adusto”, cuya oratoria lo deslumbra. No la encuentra académica, como algunos dicen, sino correcta y honda. El alcoyano cita un pasaje de esa voz inmensa y revela una aflicción:

“Vendrá la paz y vendrá la victoria. Pero la victoria será una victoria impersonal… No será un triunfo personal, porque cuando se tiene el dolor… que yo tengo en el alma, no se triunfa personalmente contra compatriotas, y cuando vuestro primer magistrado erija el trofeo de la victoria, seguramente su corazón… se romperá, y nunca se sabrá quién ha sufrido más por la libertad …”.

Al oír esas palabras –recuerda Gil-Albert- todos sintieron “como si el dolor majestuoso del pueblo destrozado cayera sobre nosotros”. Entonces, una mujer “con los ojos húmedos” exclamó:

“¡Don Manuel, don Manuel!”.

-“¿Quién es ella?”, le preguntó una persona a Gil-Albert.

“Ella es María Zambrano”, respondió el poeta.
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Esta lectura tiene en la comarca de fantasmas una marca de tragedia, pero también el límpido nombre de Manuel Azaña y la foto de la filósofa-poeta.

sábado, 29 de julio de 2017

Gotán





 Juan Gelman y su esposa. México DF. Una de las últimas fotos del poeta

Cuatro de la mañana. “Siento un poco de frío”. Por lo ocurrido anoche acá, como el Descartes de Borges en La cifra, también podría decir que siento “un poco de miedo”. Ayer creció el número de jóvenes asesinados en la calle. Y el país en vilo.

Infortunadamente, parece que esto no termina todavía.

Recuerdo a Juan Gelman y convengo en que también, como él, hace muchas décadas, puedo contrariar al famoso y adorado tango:

Habrá más penas y olvidos.
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Sentado al borde de una silla desfondada,
mareado, enfermo, casi vivo,
escribo versos previamente llorados
por la ciudad donde nací.
Hay que atraparlos, también aquí
nacieron hijos dulces mios
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.
Hay que aprender a resistir.

Ni a irse ni a quedarse,
a resistir,
aunque es seguro
que habrá más penas y olvido.

(Juan Gelman, Mi Buenos Aires querido, Gotán, 1962)
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Seis de la mañana. Me asomo al balcón. Sí, “el infinito ataca, pero una nube salva” (René Char citado por Juarroz).

Cantan mis pájaros queridos.

domingo, 2 de julio de 2017

Dejemos hablar al viento





 Lillian Gish, en The Wind (1928) de Victor Sjöström

A un amigo:

De ti, quienes mejor me han dado razón, son los poetas. “Molino de sonidos” te llamó Octavio Paz. Y una gran venezolana, que te conoció muy bien, tuvo esta hermosa aventura de la que formaste parte:

Toda la mañana ha hablado el viento
una lengua extraordinaria.

He ido hoy en el viento.
Estremecí los árboles.
Hice pliegues en el río.
Alboroté la arena.
Entré por las más finas rendijas.
Y soné largamente en los alambres.

Antes —¿recuerdas?—
Pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías.

Era Enriqueta Arvelo Larriva. Seguramente la recuerdas de tu viejo paso por Barinitas.
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Por su parte, Aurelio Arturo, un gran poeta colombiano, de Nariño, te prefería nocturno, y nos dijo:

Toda la noche
sentí que el viento hablaba,
sin palabras
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Un día, casi huracanado, pasaste por un pequeño pueblo austral. Cuando entrabas a una de sus casas, viste una mesa en forma de guitarra y a una hermosa niña que cantaba. Allí te detuviste un rato y reposaste. La niña y su tío compartieron contigo un pan cuyo aroma nunca has olvidado. Y como estabas en vena de contar historias, revelaste algunas de tus confidencias. La niña desde entonces -no sé si Gabriela se llamaba- sabe que reposas cuando los pinares callan.
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En 1928, época del cine mudo, compartiste rol protagónico con Lillian Gish en una inolvidable película que llevó tu nombre y que dirigió Victor Sjöstrüm. Muchísimos años después (2011) tuviste un papel estelar en otro filme destinado a ser un clásico: El caballo de Turín (2011), de Bela Tarr. En la primera (El viento), fuiste un caballo implacable. En la segunda, compartiste el rol equino con un verdadero ejemplar de la especie, y volviste a ser agotador y persistente. Por cierto, Collin de Plancy (citado por Bachelard) refiere que, de acuerdo a una leyenda árabe, cuando Dios fue a crear el caballo, te llamó y extrajo de ti una pequeña parte para hacerlo.
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Al parecer, en estos tiempos se te oye menos, salvo los poetas que persisten en tenerte aprecio y darte audiencia. Todos deberíamos dejarte hablar, como pidió Juan Carlos Onetti en su última novela, cuando estaba por llegar la temida y amada Santa Rosa.

Sí, háblanos, por favor, porque hay alguien en ti que tiene muchas cosas que decirnos, aqui y ahora.

"Hay alguien en el viento", dijo famosamente Guillevic.

Amigo, tienes la palabra. Va un abrazo.