lunes, 16 de octubre de 2017

En calma hacia el próximo naufragio




Para reponerse es necesario el duelo. Y cierto humor, aunque parezca cruel. Tal vez, este poema de José Emilio Pacheco ayude un poco en ese trance:

“Titánic

Nuestro barco ha encallado tantas veces
que no tenemos miedo de ir hasta el fondo.
Nos deja indiferentes la palabra catástrofe.
Reímos de quien presagia males mayores.
Navegantes fantasmas, continuamos
hacia el puerto espectral que retrocede.
El punto de partida ya se esfumó.
Sabemos hace mucho que no hay retorno posible.
Y si anclamos en medio de la nada
seremos devorados por los sargazos.
El único destino es seguir navegando
en paz y en calma hacia el siguiente naufragio”.

(José Emilio Pacheco, El silencio de la luna)

¿Y ahora, José?



Carlos Drummond de Andrade

Seis de la mañana. Gregorio Samsa no se despertó convertido en insecto. Cuando anoche se acostó, ya lo era.  Desde una remota ciudad del sur, hoy le preguntan:

“¿Y ahora, qué?”.

Él se repone y vuelve a sus vínculos de siempre. Abre el libro de Drummond para buscar el poema que asoció con la pregunta y lee:

Con la llave en la mano
quiere abrir la puerta,
no existe puerta:
quiere morir en el mar,
pero el mar se secó;
quiere ir a Minas,
Minas no está más.
José, y ahora?

Si usted gritase,
si usted gimiese,
si usted tocase
un vals vienés,
si usted se durmiese,
si usted se cansase,
si usted se muriese…
Pero usted no muere
usted es duro, José!

Solo en lo oscuro
como animal salvaje,
sin teogonía,
sin pared desnuda
para recostarse,
sin caballo negro
que huya al galope
usted marcha, José!
José, para dónde?”

Cierra el libro de Drummond de Andrade y recuerda a Monterroso, pero no lo va a citar, no vaya a ser que también el dinosaurio se haya ido.

Hecho el duelo, se dispone a afrontar su nueva batalla con la página en blanco.

sábado, 7 de octubre de 2017

Recobrar la cordura





De la columna semanal de Antonio Muñoz Molina, en Babelia, estas palabras que comparto:

Hay que parar. Es urgente una tregua. A cualquier precio hay que recobrar la cordura, o al menos dejar en suspenso tanta vehemencia. No conozco a nadie razonable que no tenga miedo estos días, que no sienta vértigo, abatimiento, amargura. Solo a los exaltados les complace esta escalada que no sabemos en qué concluirá si seguimos así, pero que ya está dando sus resultados desastrosos. Las personas a las que conozco y con las que hablo estos días tienen ideas y aspiraciones muy distintas, y a veces en apariencia irreconciliables, pero están unidas, estamos, por este común abatimiento que ya no es solo político, porque invade hasta lo más recóndito de nuestras vidas privadas. Era desolador ver a la gente que aclamaba a los policías y guardias civiles que iban a viajar a Cataluña al grito bárbaro de “¡A por ellos!”. Da miedo esa consigna gritada ahora en Cataluña, “Las calles siempre serán nuestras”. Provoca el mismo escalofrío que aquel exabrupto de Manuel Fraga cuando era ministro de Gobernación: “La calle es mía”.
                                                                                                        
El artículo de Muñoz Molina se titula Defender la cordura (El País, Babelia, 07 de octubre de 2017).


domingo, 1 de octubre de 2017

El orden cabal en un verso



Pastelería del poeta J. V. Foix, en Sarriá

Domingo de nubes con sol y poca brisa. En una entrada de su “cuaderno gris”, Josep Pla camina por una vieja calle de Barcelona y oye la garlopa de un carpintero. Ese sonido lo emociona. “Inefable, deliciosa sorpresa”, dice. Más adelante, en un entresuelo abierto de par en par, ve a un hombre que empapela la pared. Tiene un cigarrillo colgado del labio inferior y canta “El pardal, quan s’ajocaba, feia remor…”. Lo hace -refiere Pla- “con una voz mortecina y juguetona”. El joven escritor sigue su camino y tararea.

Dejo a Pla en su recuerdo y leo a un poeta de Sarriá, habitante también de esta comarca de fantasmas, tan lejos y tan cerca:

No se debe al azar ni a la impostura

que sea mi país la dulce tierra en donde

vivo y pienso morir. Ni lanza ni navío

cautivan a quien vive a todo riesgo.

(“No pas l’atzar ni tampoc la impostura/ han fet del meu país la dolça terra/ on visc i on pens morir. Ni el fust ni el ferre/ no fan captiu a qui es don’ l’aventura”)

Es J. V. Foix traducido por Enrique Badosa.
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La anterior estrofa de Foix es el inicio de un soneto de su libro Solo, y dolido (Sol, i de dol). Dice Gimferrer que los versos de Foix suelen bastarse a sí mismos y para ilustrar su afirmación se apoya, justamente, en ese texto, que traduce asi: “No el azar ni tampoco la impostura/ Hacen de mi país la dulce tierra/ Donde vivo y deseo morir. Madera o hierro/ No cautivan a quien se va a la aventura”.

Pero fue otro endecasílabo de Foix el que vino primero a la memoria de Gimferrer esa vez. Hablaba, repito, del verso como unidad y “creación diamantina, irreductible”. No hay que decir más nada, afirmó  Gimferrer, porque tal vez en ese verso esté toda Cataluña, digo yo:

El Pic, la Vall i el Pla: l’ordre cabal.